Capítulo 1
Las Toninas: mate, playa y cables submarinos
«La Naturaleza está imitada de tal modo por el arte del hombre,
que éste puede crear un animal artificial.»
Thomas Hobbes, Leviatán (1651)
El comerciante se animó a decir lo que todos comentaban por lo bajo. Fue el primer valiente de la reunión que hasta ese momento se desarrollaba en la paz de un invierno húmedo de 1999. Pero la tensión se acumulaba.
Las Toninas, un balneario modesto de cinco mil habitantes a trescientos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, sufría una invasión sin precedentes. En sus calles de tierra, se desplegaban grúas, obradores y mezcladoras de cemento. En el puerto se estacionaban barcos de más de cien metros de largo que encendían sus luces a la noche y se iluminaban como si fueran una ciudad flotante. La pizzería del pueblo, acostumbrada a recibir empleados públicos y comerciantes al final del día, comenzó a recibir a belgas que bajaban de los barcos pidiendo cerveza, una tras otra, desde la mañana. Durante meses, los vecinos de Las Toninas no supieron ni entendieron nada. Encargaron más botellas de cerveza y mejoraron el plato del día para el almuerzo, pero nadie les daba más pistas. Mientras tanto, la costanera ancha se colmaba de montículos de arena y cerca de la ruta se levantaban dos nuevos edificios, bajos y grandes como supermercados.
Lo que los vecinos ignoraban era que ese misterio los haría famosos. Ignoraban también que por el mar y la arena estaban entrando los cables submarinos de internet que conectarían a la Argentina con el mundo. No podían ver que dentro de los nuevos edificios se estaban instalando filas largas de estantes con servidores y conexiones de fibra óptica. No sabían que esta pequeña ciudad de 5.200 habitantes se estaba transformando en lo que la haría para siempre conocida. Las Toninas se estaba convirtiendo en «la capital nacional de internet».
Los habitantes navegaban en rumores: se decía que estaban instalando ese nuevo monstruo de las comunicaciones llamado internet. Pero que no se trataba de simples conexiones sino de su columna vertebral, unos tubos larguísimos que salían de los flamantes edificios y se metían al mar. Era auspicioso ser el centro de algo, pero también les daba miedo. ¿Y si alguien quisiera romper los cables? ¿Quién los protegería si pusieran una bomba para hacer volar el futuro por los aires?
Ante el pánico, las empresas de telecomunicaciones, las mismas que habían quebrado la paz del pequeño balneario, fueron quienes convocaron a la reunión. El Consejo de Ingenieros de la ciudad vecina de Santa Teresita les propuso a las empresas dueñas de los cables —Level 31, Telefónica y Telecom— reunirse con los habitantes y explicar qué estaba ocurriendo. Eligieron el salón de usos múltiples de la Sociedad de Fomento de Santa Teresita, el más grande de la zona, y ordenaron en filas las sillas de plástico negro. El primero en llegar fue el intendente. De sobretodo y guantes negros, saludó a los ingenieros del lugar y a los representantes de las empresas y tomó asiento rápido. Él también quería saber más.
El ingeniero Ernesto Curci, que estaba a cargo de la estación de amarre de cables submarinos de Level 3, fue el encargado de dar la primera charla. Su misión era explicar que no había nada que temer. Curci, que tenía cuarenta y cuatro años y acababa de ingresar a la compañía, habló más de una hora. De un metro sesenta de alto, erguido y atlético a base de gimnasio y maratones, ya había participado en la instalación de la primera estación de cables submarinos de Las Toninas en 1994, trabajando para Telefónica. Pero eso había pasado más desapercibido.
Curci siempre resulta el elegido para hablar. Puede describir cosas aburridas para otros, pero que él explica con calma y las hace más comunes, palpables. Parece que nunca quiere romper la paz de su cara, aunque cada tanto se le quiebra cuando sonríe, sin dejar de hablar. Acostumbrado a rodearse de ingenieros, mediciones de transmisiones y electricidad, ese día se enfrentaba a un público distinto, extraño a los desafíos técnicos, pero voraz de información.
Un vecino lo interrumpió:
Ingeniero, con todo respeto, está muy bien lo de internet. Pero acá tenemos miedo de que le pongan una bomba al cable para cometer un acto terrorista.
Curci caminó por detrás de una mesa que enfrentaba al público y apoyó las manos. Miró al frente y respondió con mucha más sinceridad de la que los invitados esperaban.
Mire: si hay alguien con capacidad para poner una bomba en los cables son las mismas empresas de tecnología que los instalaron. Pero no creo que quieran romper sus propias instalaciones. En todo caso, si quieren hacer volar los cables, es más fácil hacerlo en cualquier lugar del mar, donde no hay tantos sistemas de seguridad. Y si es por terrorismo, sería más efectivo bombardear una destilería de petróleo y cortar el suministro eléctrico de la zona. Sin electricidad, los cables no podrían transmitir internet.
Quince años después, cuando recuerda la anécdota, Curci sonríe con cariño. Reconoce que el miedo a la bomba en 1999 resultaba comprensible. Internet recién estaba naciendo y sus promotores la anunciaban con euforia, con la misma parafernalia discursiva con la que habían promocionado la carrera espacial en los sesenta. Era el próximo paso hacia el futuro. Y el futuro siempre crea nuevos miedos.
Curci todavía no sabe si su respuesta dejó tranquilos a los vecinos de Las Toninas. Lo cierto es que, desde que se instalaron los primeros cables submarinos de internet hasta hoy, se conoce en el mundo un solo intento de atentado «contra cables de internet», en Egipto en 2013, y nunca fue del todo aclarado.
Es tan esencial para los dos mil millones de personas que la usamos a diario como para los infinitos procesos de comunicación de empresas, organismos gubernamentales, fábricas, transportes. La vida moderna funciona y se alimenta de datos. El 95% de la información del planeta se encuentra digitalizada y está disponible en internet y otras redes informáticas.
Transportar diariamente todos estos caudales de datos es el trabajo de una industria monumental y millonaria. Para eso les pagan a los ingenieros que trabajan en ella («una gran familia», según Curci): para que el tráfico de ceros y unos encuentre siempre rutas despejadas por donde transitar. Para que esto suceda hay que manejar una estructura inmensa, una que emerge desde el mar.
Internet es un gran monstruo en el que todas sus partes están conectadas y se necesitan mutuamente. De eso se trata: redes que se comunican con otras redes, de a millones, en todo el mundo. Sistemas que conversan con otros sistemas. Y lo hacen a través de un idioma en común, una lingua franca, el protocolo TCP/IP, una serie de comandos que le dicen a los datos que van viajando que busquen el camino más barato para llegar a destino. Si un camino no está disponible, los datos buscan otro. Prueban una y otra vez nuevas rutas hasta alcanzar su destino. Mientras todo eso sucede, nosotros no nos damos cuenta. Simplemente, esperamos que un mail aparezca de la nada en la pantalla o que un video cargue. Son segundos: un sorbo de café, un suspiro frente al teclado, un mensaje que llegó al celular. Pero durante ese instante, el animal trabaja para nosotros. Nunca duerme. Nunca deja de hacer conexiones. Cada parte de su —para nosotros— invisible cuerpo aporta a su movimiento y ninguna puede quedarse quieta.
Por eso necesita siempre cargar energía a través de sus cables, ubicados en estaciones de amarre y transmisión como la estación de Las Toninas o en centros de datos (datacenters) ubicados en miles de ciudades. Internet es cooperación pura, desplegada en una enorme estructura asentada en edificios en la tierra, pero también conformada por tubos recorriendo todos los kilómetros necesarios para conectar el mundo.
La base de todo ese trabajo, de esas millones de conexiones diarias que nos unen, es física. Son tubos y cables —submarinos y terrestres— instalados por corporaciones o por países que dan la infraestructura necesaria para que esos contactos sucedan, para que los datos viajen, vuelen por las arterias y venas de la bestia. Son redes que corren debajo de nosotros, en la calle por la que caminamos todos los días, al costado de nuestro escritorio. Son tubos anchos debajo de la vereda o de una ruta, caños más pequeños que llevan cables a nuestra manzana y otros más conocidos por todos (negros, del diámetro de un dedo meñique) que hacen que otro cable se ensamble en el router que tenemos al lado y la señal aparezca.
Estamos rodeados por un tejido que no vemos pero sin el cual no podríamos vivir. El esqueleto de internet está allí y un ejército de ingenieros, operarios y marineros lo viene ensamblando desde hace 25 años.
El Leviatán de internet es tan grande como débil. A veces ejerce sus funciones vitales con normalidad: se carga de energía, de luz, hace una sinapsis, manda un dato más lejos y otro más cerca. Durante esos días, los miembros de la legión de guardianes que lo custodia en sus puestos de control en las estaciones o centros de datos toman un café con tranquilidad y comentan el partido del fin de semana. Miran pantallas con gráficos de colores que les muestran el tráfico de datos en una ciudad, en la otra, a las 2.53 de la madrugada, a las 5.38 de la tarde, y así a cada minuto, 365 días, 24 horas.
La mayoría de las veces salir a reparar las autopistas informáticas es cuestión de rutina y todo vuelve a la calma rápidamente. Pero hay ocasiones en las que no es tan fácil y las reparaciones dejan a mucha gente sin conexión. En el verano de 2014, las construcciones de rutas y estadios para el Mundial de Fútbol en Brasil desataron una serie de cortes en Río de Janeiro y San Pablo durante meses. En 2011, una señora de 75 años que buscaba cables de cobre para vender en el mercado negro en la república de Georgia se topó con un tendido subterráneo de fibra óptica, lo rompió y dejó a toda Armenia sin conexión por doce horas. A principios de 2008, un cable se rompió en el canal de Suez y afectó a 60 millones de personas, desde India hasta Egipto.
La mayoría de los cortes son por factores humanos. Cosas estúpidas. Pero son las que te pasan.
Desde hace catorce años, Curci sale todos los días de la ciudad de Ramos Mejía, en el Gran Buenos Aires, y llega al barrio de Olivos. Y allí se desploma en su escritorio de Level 3, una de las dos empresas (junto a Telefónica) dueñas de cables submarinos que conectan a la Argentina con internet y dueña también de la red de fibra óptica más grande del mundo, capaz de gestionar por sí misma el 72% de las direcciones de internet del planeta. Otros días, le toca viajar por las estaciones de cables de América Latina, desde la enorme estación de Miami a la modesta de Las Toninas, para asegurarse de que internet funcione.
Me ves tranquilo pero tengo úlceras y una gastritis espantosa. En este momento tengo un corte en algún lugar de Buenos Aires, pero es como te decía: si me pongo nervioso yo se cae todo.
De esa paciencia también depende internet. Nos parece automática cuando saltamos de una página a otra pero, en realidad, es una cadena de decisiones tomadas por seres humanos, personas de carne y hueso.
Para muchas cosas hay procesos automáticos: una pantalla que te indica hacia dónde se enrutaron los datos. Pero a veces hay que hacer las cosas a lo bestia, como antes: tener el mapa en la cabeza y elegir el camino.
De los cuatrocientos hombres que integran su equipo, Curci tiene un grupo de cuarenta que trabaja sólo en pensar hipótesis de crisis. El famoso «¿qué pasaría si…?». Cada día ellos despliegan tantos mapas como posibilidades de cables rotos existan y entregan un plan detallado con los pasos a seguir ante esa situación: cuánto combustible extra se necesitará para los grupos electrógenos, cuánta comida para los operarios que reparan los cables, cuántos repuestos hay que tener listos en los depósitos para que los barcos de reparación sólo tengan que pasar a buscarlos y reducir el tiempo del arreglo.
A mí no me divierte que me rompan un cable. Pero me obliga a ser rápido, a ver cómo giro el sentido del tráfico para no afectar a los clientes. Me gusta eso. De hecho, cuando no me pasa, me pongo a pensar qué pasaría si mañana tuviera un corte. Me siento con mi gente y les digo: «¿Qué hacemos si se nos corta un cable en el medio de la final del Mundial de Fútbol? ¿Y si mañana hay un terremoto en Buenos Aires?».
El 14 de noviembre de 2007, tuvo que recurrir a uno de esos planes. Pasadas las tres de la tarde, un terremoto devastó el norte de Chile, desde la ciudad de Tocopilla hasta la capital, Santiago. Los tubos de internet de su empresa estaban en peligro. La conexión de sus clientes, amenazada. Sin pensarlo dos veces, Curci juntó las cosas de su escritorio y puso en marcha el protocolo. Mandó un mail a todas las oficinas del mundo declarando oficialmente el problema, reunió a su equipo para desplegar el operativo y dejó su escritorio en Olivos para subirse a un avión con destino a Mendoza.
Con todos los vuelos a Santiago cancelados, el ingeniero cruzó la Cordillera en auto. Cuando llegó a la capital, vio puentes apilados sobre calles y edificios que caían hacia adelante, como piezas gigantes de dominó, sobre autos y carteles. Pero no se detuvo. El temblor ya había cortado internet durante una hora, casi el doble de los 33 minutos anuales de desconexión que su empresa garantiza a sus clientes.
El ingeniero Curci respiró y se propuso que el temblor no dominara también su mente y su pulso. Sacó la vista del desastre y recordó lo que le decía su madre cuando era un niño: «El que se enoja pierde». Los cuatro días siguientes, mientras los equipos de rescate trabajaban en las calles y los aviones de ayuda cruzaban el cielo, se encerró en un inmenso edificio blanco, un centro de operaciones de la Red, y no salió de allí hasta que el servicio volvió a la normalidad. Sus hombres se extendieron como una legión de enfermeros con la orden de coser las arterias rotas para que volvieran a bombear datos, millones de datos.
Sí, reconozco que me gusta la adrenalina —confiesa Curci, mientras recorremos otro de los dominios de su reino de internet: la estación de amarre de cables submarinos de Las Toninas.
Las Toninas, enero
Hoy no hay crisis pero sí una tormenta de verano que dejó a los turistas sin playa en plena temporada. La lluvia de enero apenas nos deja ver el puente negro con letras blancas que da la bienvenida al pueblo. Sólo hay que doblar para ver la estación. Pintada de amarillo huevo, en forma de herradura y rodeada de muros grises, contrasta con las calles descuidadas, embarradas por el agua. La estación es grande. Ocupa toda una manzana. Pero pasa desapercibida. No es casualidad. Adentro, en una sala común y pequeña custodiada por complejos sistemas de seguridad, vive uno de los tres cables que conectan a la Argentina con internet a través del océano Atlántico.
¡Cuidado con las ranas! —grita desde adentro Raúl De Pedro, jefe de la estación—. Si venían ayer, con el calor que hizo, estaba lleno de yararás que subían desde la arena. Pero hoy con esta lluvia les tocaron ranas.
Con unos rulos marrones largos que descienden por su rostro hasta transformarse en una barba de meses, camisa a cuadros y jean de vestir azul oscuro, De Pedro lleva a los visitantes desde el estacionamiento hasta el interior de la estación. Todo es hermético y seguro, como si estuviéramos en las entrañas del Enterprise de Viaje a las estrellas. En cada pasillo hay señales y carteles de instrucciones ante un eventual accidente; todo está preparado para que el fuego no cruce de una sala a la otra.
Los cables submarinos de fibra óptica que conectan a la Argentina con internet y con el mundo entran todos desde el océano Atlántico, en Las Toninas, a través de tres estaciones de amarre.
La primera fue instalada a una cuadra de la comisaría por Telecom Internacional de Argentina en 1994 y albergó al primer cable, que funcionó desde ese año hasta que fue desconectado en 2013. El primer cable submarino de fibra óptica del país, bautizado Unisur, era muy corto comparado con los actuales: medía sólo mil setecientos kilómetros. Su recorrido formaba la figura de un número tres que se posaba sobre Las Toninas en Argentina, Maldonado en Uruguay y Florianópolis en Brasil.2
Sólo seis años antes, en 1988, se había instalado el primer cable transatlántico de fibra óptica del mundo, entre Estados Unidos, Inglaterra y Francia.
Instalar un cable tan grande es inexplicable —dice Curci, con nostalgia—. Cuando lo inauguramos, no podíamos creer lo que habíamos hecho. A veces cuando lo pienso creo que fui el creador de algo, pero que alguien me dictó el plan de cómo hacerlo.
Tras casi veinte años en funcionamiento, ese cordón umbilical de fibras que sirvió para las primeras transmisiones de internet en el país salió de circulación en diciembre de 2013. Ahora quedó en el Mar Argentino como el fósil de un animal en descomposición esperando a que alguien lo saque del paso.
Luego del Unisur llegaron tres cables submarinos más, instalados entre 1999 y 2000, impulsados por el avance mundial de lo que hoy conocemos como la Red. En esos años, la red local sumó 53.500 kilómetros de cables de fibra óptica —el equivalente a cruzar ida y vuelta de Alaska a Tierra del Fuego— y seis mil millones de dólares de inversiones.
El 10 de mayo de 2000 se inauguró el cable Atlantis 2. Con 8.500 kilómetros, une América, África y Europa. Hoy, producto de 14 años de avances tecnológicos, ese mismo cable puede llevar 160 gigabits por segundo. Unos meses después, en septiembre de 2000, comenzó a operar el South American Crossing (SAC), que forma un anillo de veinte mil kilómetros uniendo América Latina de este a oeste. El tercer cable, el SAM-1 (South America 1) de Telefónica, tiene 25 mil kilómetros con conectividad directa entre América Latina, Estados Unidos y Europa.
Flavio Ferrari, encargado de la estación que cobija al SAM-1, un toninense de 38 años y ojos grandes que sonríe mucho, se sorprende cuando alguien visita su lugar de trabajo.
Fueron cinco días sin dormir, con cuarenta personas trabajando. Éramos cuatro de Telefónica y el resto de Tyco. Después trabajamos quince días más para dejar el cable en funcionamiento. Cuando terminamos no sabíamos en dónde estábamos, pero sabíamos que habíamos hecho algo grande.
En la «casa del cable» las paredes están pintadas de un gris metálico. Los servidores, encendidos las veinticuatro horas, emiten un ruido monótono que se mezcla con el aire acondicionado. A las estaciones siempre hay que llevar un abrigo.
De Pedro abre la puerta de una habitación de dos metros por seis. Nada indica que allí haya algo valioso. Cuesta creer que internet sea simplemente un cuarto con dos cables negros, el que transmite los datos y el que le da energía. El cable, un tubo negro de tres dedos de ancho, apenas más grueso que uno doméstico, tiene pegada una advertencia que avisa «Alta tensión». Como todo objeto de deseo, se puede mirar, pero no tocar. Por allí pasa gran parte de la subjetividad moderna: mails, posteos de blogs, fotos de redes sociales, archivos de música y películas que intercambian ingleses con argentinos, suecos con coreanos, brasileros con rusos.
La hipótesis de crisis extrema sería quedarnos sin combustible para los grupos electrógenos —dice De Pedro—. Tenemos energía para funcionar una semana. Tendrían que cortar todas las rutas durante siete días para generar un problema.
Los cables submarinos son mucho más gruesos que los terrestres. Y son más gruesos cuanto más cerca de la costa están, para resistir la actividad humana. En la playa no hay nada que señale que el cable está ahí.
Es por seguridad —se ríe De Pedro—. Si pusiéramos un cartel para señalar el cable, la gente iría a buscarlo, a tocarlo, a romperlo, a ponerle una bomba.
Desde el mar a la estación, el cable sigue extremadamente protegido por un camino cubierto de capas de hormigón y terrenos cercados. El recorrido secreto sólo lo conocen Curci, De Pedro y algunos hombres más.
Una vez que llega, la estación funciona en base a dos procesos tan distintos como estéticamente complementarios: cantidades astronómicas de electricidad y procesos ópticos refinadísimos. Internet se alimenta de ellos y los necesita. Pero ambos procedimientos avanzan tan rápido que, con la misma cantidad de tubos y pelos de fibra instalados en el 2000, hoy se transmite un 400% más de datos que cuando se instalaron las estaciones.
El 95% de las comunicaciones del mundo se hace a través de redes de fibra óptica que corren bajo el mar y unen los continentes. Los cables son más de 250 y suman casi un millón de kilómetros, lo que equivale a 22 vueltas al mundo. Para que eso suceda, son necesarios ejércitos de hombres en barco que invaden costas y enchufan la tierra con el mar.
Todavía hay tareas que la tecnología no reemplaza. Instalar un cable de fibra óptica submarino es un trabajo descomunal. Para lograrlo se necesita casi lo mismo que en 1850, cuando se instaló el primer cableado entre Gran Bretaña y Francia a través del Canal de la Mancha: un barco, marineros, días sin dormir, mucha fuerza, algunas órdenes, un par de gritos. Y paciencia. De la que da el mar y de la que hay que inventar cuando el viento, las olas o el empalme del cable no ayudan a terminar y volver a casa.
José María Vázquez coordina uno de esos equipos que pasan su vida en el mar. Su empresa, Dynamic Marine, instala y repara cables submarinos.
Las mismas empresas que fabrican el cable submarino te mandan el rollo ya diseñado según su ruta y un técnico especializado que lo instala. Sólo está autorizado a hacerlo él. Es como un gasista matriculado, pero de fibra óptica.
Son estrellas de rock: van todo un mes en el barco pero por ahí sólo trabajan dos horas, cuando el cable ya está listo y tienen que dar el OK.
Es difícil. Pero lo más complejo es que cuando llega el momento del empalme, el momento clave, el técnico esté sobrio. Mi trabajo, más que técnico, es conservar la armonía. Son gente que toma mucho.
Tras la confesión, Vázquez se anima a derribar otro mito: el que dice que los tiburones se comen los cables submarinos. El problema de los tiburones efectivamente existió: la propia AT&T destinó millones de dólares a investigar el misterio. Finalmente, se llegó a la conclusión de que lo que les gustaba a los tiburones no era el cable en sí.
Los tiburones confundían la corriente eléctrica que emite el cable con unas ondas similares que generan los peces. Entonces, pensando que el cable era un pez, es decir, comida, lo mordían. Esto se descubrió desconectando el cable: si no tenía más corriente, el tiburón seguía de largo, ya no le interesaba.
Tras los estudios, la solución de la industria fue tan sencilla como agregar otra capa a los cables submarinos. Los grandes peces dejan de pensar que el cable es comida y el problema está resuelto. Las crisis, ahora, ya no están bajo el agua, sino en la superficie, cuando los cables suben y se enfrentan con los verdaderos generadores de problemas: los seres humanos.