Participé en un conversatorio y sesión prospectiva organizado por ONU Argentina sobre educación, juventud y el futuro del trabajo en un contexto de transformación digital.
En términos de educación, señalé la necesidad de no negar las diversidades previas (de niveles, de avances, de acceso) y suponer que “toda la IA” debe ser aplicada, aplicada de la misma forma, y de manera uniforme. Si no reconocemos las desigualdades materiales y simbólicas, estaremos reproduciendo brechas. Señalé otros momentos de desplazamiento y estabilización (ya los tuvimos, propongo estudiarlos) para marcar la necesidad de investigar en profundidad los usos de las tecnologías y construir didácticas, orientaciones y situaciones específicas. Y la falta de marcos institucionales para la incorporación. Y me pareció importante destacar la diferencia (tampoco nueva) entre apropiación y adquisición, en una región con alta adopción de plataformas y herramientas, pero donde falta avanzar en una adquisición activa, colectiva, que modifique saberes. Todo eso es político, institucional, no tecnológico.
En trabajo, un terreno repleto de narrativas que confunden (desde el hype, pasando por el alarmismo o el capacítese usted mismo) me sigue pareciendo fundamental diferenciar digitalización de automatización de herramientas más cercanas a la IA misma. Pensar en tareas en vez de “profesiones”, es en este momento más útil para la investigación y la construcción futura, especialmente de instituciones (protocolos, regulación, programas), sin las cuales ninguna “revolución” lo es verdaderamente. La pregunta no es si la IA tranforma o transformará el trabajo, sino qué instituciones gobernarán su uso. Se trata de discutir y establecer procesos, es decir, de cómo se distribuye el poder. Los trabajadores invisibles y precarizados (más propios de la plataformización), por ejemplo, no pueden estar fuera de la discusión. La capacitación no puede ser individual, tiene que pensarse colectiva. Eso es lo que evita tanto los pronósticos mágicos como los catastróficos.
Una agenda seria tiene que investigar usos reales, no prometidos. Tiene que trabajar en marcos regulatorios sectoriales y en dónde caen y quién paga los costos de transiciones o desplazamientos. Tiene que entender de reordenamientos institucionales (cómo se organiza hoy la juventud en condiciones de trabajo fragmentado, invisible, globalizado pero localmente precario). Y para algunas preguntas, salirse de lo que conocemos. El desarrollo no puede estar separado de la soberanía y de discusiones democráticas. Para algunas soluciones todavía no hay respuestas, pero no las podemos seguir pensando en conjunto con las actuales empresas o modelos, porque ahí no van a estar. Tienen que ser nuevas del todo.